jueves, 16 de julio de 2009

c. Amor erótico. (*)

El amor fraterno es amor entre hermanos; el amor materno es amor
por el desvalido. Diferentes como son entre sí, tienen en común el
hecho de que, por su misma naturaleza, no están restringidos a una
sola persona. Si amo a mi hermano, amo a todos mis hermanos; si
amo a mi hijo, amo a todos mis hijos; no, más aún, amo a todos los
niños, a todos los que necesitan mi ayuda. En contraste con ambos
tipos de amor está el amor erótico: el anhelo de fusión completa, de
unión con una única otra persona. Por su propia naturaleza, es
exclusivo y no universal; es también, quizá, la forma de amor más
engañosa que existe.

En primer lugar, se lo confunde fácilmente con la experiencia
explosiva de «enamorarse», el súbito derrumbe de las barreras que
existían hasta ese momento entre dos desconocidos. Pero, como
señalamos antes, tal experiencia de repentina intimidad es, por su
misma naturaleza, de corta duración. Cuando el desconocido se ha
convertido en una persona íntimamente conocida, ya no hay más
barreras que superar, ningún súbito acercamiento que lograr. Se llega
a conocer a la persona «amada» tan bien como a uno mismo. O,
quizá, sería mejor decir tan poco. Si la experiencia de la otra persona
fuera más profunda, si se pudiera experimentar la infinitud de su
personalidad, nunca nos resultaría tan familiar -y el milagro de salvar
las barreras podría renovarse a diario-. Pero para la mayoría de la
gente, su propia persona, tanto como las otras, resulta rápidamente
explorada y agotada. Para ellos, la intimidad se establece
principalmente a través del contacto sexual. Puesto que
experimentan la separatidad de la otra persona fundamentalmente
como separatidad física, la unión física significa superar la
separatidad.

Existen, además, otros factores que para mucha gente significan una
superación de la separatidad. Hablar de la propia vida, de las
esperanzas y angustias, mostrar los propios aspectos infantiles,
establecer un interés común frente al mundo =se consideran formas
de salvar la separatidad-. Aun la exhibición de enojo, odio, de la
absoluta falta de inhibición, se consideran pruebas de intimidad, y ello
puede explicar la atracción pervertida que sienten los integrantes de
muchos matrimonios que sólo parecen íntimos cuando están en la
cama o cuando dan rienda suelta a su odio y a su rabia recíprocos.
Pero la intimidad de este tipo tiende a disminuir cada vez más a
medida que transcurre el tiempo. El resultado es que se trata de
encontrar amor en la relación con otra persona, con un nuevo desconocido.
Este se transforma nuevamente en una persona «íntima», la
experiencia de enamorarse vuelve a ser estimulante e intensa, para
tornarse otra vez menos y menos intensa, y concluye en el deseo de
una nueva conquista, un nuevo amor -siempre con la ilusión de que el
nuevo amor será distinto de los anteriores-. El carácter engañoso del
deseo sexual contribuye al mantenimiento de tales ilusiones.

El deseo sexual tiende a la fusión -y no es en modo alguno sólo un
apetito físico, el alivio de una tensión penosa-. Pero el deseo sexual
puede ser estimulado por la angustia de la soledad, por el deseo de
conquistar o de ser conquistado, por la vanidad, por el deseo de herir
y aun de destruir, tanto como por el amor. Parecería que cualquier
emoción intensa, el amor entre otras, puede estimular y fundirse con
el deseo sexual. Como la mayoría de la gente une el deseo sexual a
la idea del amor, con facilidad incurre en el error de creer que se ama
cuando se desea físicamente. El amor puede inspirar el deseo de la
unión sexual; en tal caso, la relación física hállase libre de avidez, del
deseo de conquistar o ser conquistado, pero está fundido con la
ternura. Si el deseo de unión física no está estimulado por el amor, si
el amor erótico no es a la vez fraterno, jamás conduce a la unión
salvo en un sentido orgiástico y transitorio. La atracción sexual crea,
por un momento, la ilusión de la unión, pero, sin amor, tal «unión»
deja a los desconocidos tan separados como antes -a veces los hace
avergonzarse el uno del otro, o aun odiarse recíprocamente, porque,
cuando la ilusión se desvanece, sienten su separación más
agudamente que antes-. La ternura no es en modo alguno, como
creía Freud, una sublimación del instinto sexual; es el producto
directo del amor fraterno, y existe tanto en las formas físicas del
amor, como en las no físicas.

En el amor erótico hay una exclusividad que falta en el amor fraterno
y en el materno. Ese carácter exclusivo requiere un análisis más
amplio. La exclusividad del amor erótico suele interpretarse
erróneamente como una relación posesiva. Es frecuente encontrar
dos personas «enamoradas» la una de la otra que no sienten amor
por nadie más. Su amor es, en realidad, un egotismo á deux; son dos
seres que se identifican el uno con el otro, y que resuelven el
problema de la separatidad convirtiendo al individuo aislado en dos.
Tienen la vivencia de superar la separatidad, pero, puesto que están
separados del resto de la humanidad, siguen estándolo entre sí y
enajenados de sí mismos; su experiencia de unión no es más que
ilusión. El amor erótico es exclusivo, pero ama en la otra persona a
toda la humanidad, a todo lo que vive. Es exclusivo sólo en el sentido
de que puedo fundirme plena e intensamente con una sola persona.
El amor erótico excluye el amor por los demás sólo en el sentido de
la fusión erótica, de un compromiso total en todos los aspectos de la
vida -pero no en el sentido de un amor fraterno profundo-.
El amor erótico, si es amor, tiene una premisa. Amar desde la
esencia del ser -y vivenciar a la otra persona en la esencia de su ser-.
En esencia, todos los seres humanos son idénticos. Somos todos
parte de Uno; somos Uno. Siendo así, no debería importar a quién
amamos. El amor debe ser esencialmente un acto de la voluntad, de
decisión de dedicar toda nuestra vida a la de la otra persona. Ese es,
sin duda, el razonamiento que sustenta la idea de la indisolubilidad
del matrimonio, así como las muchas formas de matrimonio
tradicional, en las que ninguna de las partes elige a la otra, sino que
alguien las elige por ellas, a pesar de lo cual se espera que se amen
mutuamente. En la cultura occidental contemporánea, tal idea parece
totalmente falsa. Supónese que el amor es el resultado de una reacción
espontánea y emocional, de la súbita aparición de un sentimiento
irresistible. De acuerdo con ese criterio, sólo se consideran
las peculiaridades de los dos individuos implicados –y no el hecho de
que todos los hombres son parte de Adán y todas las mujeres parte
de Eva-. Se pasa así por alto un importante factor del amor erótico, el
de la voluntad. Amar a alguien no es meramente un sentimiento
poderoso -es una decisión, es un juicio, es una promesa-. Si el amor
no fuera más que un sentimiento, no existirían bases para la promesa
de amarse eternamente. Un sentimiento comienza y puede
desaparecer. ¿Cómo puedo yo juzgar que durará eternamente, si mi
acto no implica juicio y decisión?

Tomando en cuenta esos puntos de vista, cabe llegar a la conclusión
de que el amor es exclusivamente un acto de la voluntad y un
compromiso, y de que, por lo tanto, en esencia no importa demasiado
quiénes son las dos personas. Sea que el matrimonio haya sido
decidido por terceros, o el resultado de una elección individual, una
vez celebrada la boda el acto de la voluntad debe garantizar la
continuación del amor. Tal posición parece no considerar el carácter
paradójico de la naturaleza humana y del amor erótico. Todos somos
Uno; no obstante, cada uno de nosotros es una entidad única e
irrepetible. Idéntica paradoja se repite en nuestras relaciones con los
otros. En la medida en que todos somos uno, podemos amar a todos
de la misma manera, en el sentido del amor fraternal. Pero en la
medida en que todos también somos diferentes, el amor erótico
requiere ciertos elementos específicos y altamente individuales que
existen entre algunos seres, pero no entre todos.

Ambos puntos de vista, entonces, el del amor erótico como una
atracción completamente individual, única entre dos personas
específicas, y el de que el amor erótico no es otra cosa que un acto
de la voluntad, son verdaderos -o, como sería quizá más exacto, la
verdad no es lo uno ni lo otro-. De ahí que la idea de una relación que
puede disolverse fácilmente si no resulta exitosa es tan errónea como
la idea de que tal relación no debe disolverse bajo ninguna
circunstancia.


*Descripcion del amor erotico tomado del libro "El arte de amar" del filosofo Erich Fromm.

4 comentarios:

Alec dijo...

me pregunto de donde deviene este post

Seda dijo...

vamos! , no te hagassssssssssssss

Seda dijo...

:)

julián dijo...

¿quién es usted para andar dándole consejos al guionista de la serie?
¿No ve que lo tenemos encerrado en una heladerita y solo lo sacamos para que escriba una frase cada día?

dígame su nombre